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Lo ancho pa’ ellos, lo angosto pa’ uno  En familia 

Lo ancho pa’ ellos, lo angosto pa’ uno

Julio 17 de 2021 - por Q'HUBO Bogotá para Q'hubo Bogotá

Si hay una vieja costumbre que tiene fuerza entre muchas personas y que es de lo más odiosa, por lo que ella conlleva, es la famosa ley del embudo.

La misma forma del recipiente, ese que tiene el vértice prolongado y que remata en un tubo delgado, deja ver que en esto solo unos pocos pueden tener más que los demás; o incluso que a unos los tratan mejor que a otros.

Ella demuestra cómo algunas personas se quedan con la parte más mínima de algo, mientras que otras derrochan eso mismo como resultado de su abundancia.

Esta ley no está escrita en ningún código. Sin embargo, se asemeja a esa malintencionada ‘letra pequeña’ que aparece en los contratos de la vida y que se utiliza solo para sacarle partido a todo.

En la politiquería, en el gobierno, en algunas oficinas, en las relaciones y, en general, en la vida misma ha calado mucho esta forma de proceder, siendo algo arbitrario e injusto. A veces se es muy estricto con unas personas y muy permisivo con otras.

No cabe duda que la ley del embudo contiene cláusulas abusivas que les hacen daño a muchos, solo para favorecer a unos pocos.

Los consumidores, por ejemplo, hoy en día están en situación de inferioridad frente a los productores y proveedores.

Y aunque este texto no tiene ningún interés económico, es claro que la gente del común no posee ni el conocimiento ni la experiencia para negociar en condiciones de igualdad la adquisición de un bien o servicio.

Lo peor es que en nuestra vida diaria hay individuos que, tal y como lo dice la canción vallenata, quieren “lo ancho pa’ ellos y lo angosto pa’ uno”.

Esta letra, inspirada en la vida real, la hemos podido comprobar en varios capítulos de nuestra vida. Muchos han soportado eso ‘en cuenta propia’ con algunos bancos, sobre todo con esas hipotecas en donde se establecen normas que benefician en todo momento a estas corporaciones, pero perjudican en todo al pueblo.

Sí, ya sé que el texto me volvió a caer en el tema económico; pero es que, en el fondo, la ley de la que hablo está atada en muchas ocasiones a la plata.

Y la culpa no es del ‘factor dinero’, porque yo siempre he creído que es importante apostarle a la prosperidad. Lo malo es esa forma material e impersonal en la que estamos inmersos. Nos sumimos tanto en nosotros mismos que eso nos lleva a velar solo por nuestros intereses y nuestro bienestar, sin preocuparnos por lo que les ocurra a los demás.

Tendemos a aplicar esta fastidiosa ley y, por ende, solo vemos nuestra conveniencia; incluso por encima del amor, la lealtad, la amistad o del servicio a la comunidad.

Lo que no sabemos es que la práctica de esta ley, casi sin percibirse del todo, siempre trae pérdidas para el que pretende sacarle el mayor provecho.

Alguien egoísta, usurero y que va a la fija en sus intereses mezquinos se vuelve poco creíble y, tarde o temprano, alguien más le aplica esa misma ley en su contra.

Total: se queda solo, abandonado, enfermo y acosado por la conciencia que siempre termina por pasarle la cuenta de cobro, pero… ‘en carne viva’.

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