Jueves, 30 Noviembre 2023

Así contó Q’HUBO el crimen de un hombre a manos de su pareja por una canción de Diomedes
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Q’HUBO registró por primera vez en el año 2017 el crimen de un hombre a manos de su pareja sentimental, quien lo apuñaló después de que él entonara la canción ‘La suerte está echada’ de Diomedes Díaz. Esta es la historia.

“Es una historia que llegó a su fin, después de hadas y magias sin par, amor profundo tan dentro de mí, qué me maldices”, sonaba esta, la canción ‘La suerte está echada’, de Diomedes Díaz, cuando un episodio de celos invadió el corazón de Diana Rojas.

Llena de ira, y con el alcohol de tres cervezas ingeridas corriendo por su sangre, la mujer miró a su amado, y lo vio tan contento cantando a todo pulmón, que arremetió en su contra. Por su cabeza pasaba la idea de que Francisco Javier Guerra Ospina le era infiel, y esa música le hacía recordar a algún amor del pasado, pensamiento que resultó herrado, porque el único pecado de él fue ser amante de la música vallenata y fiel seguidor del cantante guajiro más popular de todos los tiempos.

La discusión que empezó en un pequeño establecimiento adornado con una precaria rocola, en donde sonaba Diomedes a todo volumen, se trasladó hasta la vivienda de la pareja, ubicada en el sector de la Comuna Alfonso López, barrio El Paraíso (Usme).

En la sala de la residencia de dos pisos Francisco recibió un puñalada en el pecho, propinada por Marcela, la mujer que meses atrás ya había intentado atentar contra su vida.

El resultado fue fatal, y el amor que parecía eterno acabó el pasado domingo en horas de la tarde, luego de que la muerte llegara después de tanto preámbulo.

Así contó Q'HUBO el crimen de un hombre a manos de su pareja por una canción de Diomedes Q'HUBO registró por primera vez en el año 2017 el crimen de un hombre a manos de su pareja sentimental, quien lo apuñaló después de que él entonara la canción 'La suerte está echada' de Diomedes Díaz. Esta es la historia.
Foto: Instagram@diomedesdiazvive

Amor que mata

Francisco Javier y Marcela, aunque tenían cada uno tres hijos por fuera del matrimonio, siempre estuvieron muy seguros y compartieron la idea de que eran el amor eterno el uno del otro.

La relación, que duró unos tres años, siempre fue muy apasionada. Eran unidos y parecía que ese idilio nunca iba a acabar.

Durante el amor que mantuvieron hasta el último día juntos, sólo una vez se había presentado un episodio si- milar al del ataque letal.

Hace por lo menos tres meses, Marcela, llevada por los estragos del licor, tuvo el mismo presentimiento de que su pareja sentimental la engañaba, y se salió de quicio. Enfurecida rompió todo lo que veía a su paso, y armada con un cuchillo destrozó muebles y enseres.

Desde ese entonces para la familia Guerra Ospina esa mujer no le convenía a Francisco, y por eso no tardaron en avisarle que la próxima vez, ese ataque a puñal podría ir en su contra.
Como si hubiera sido una predicción, el pasado domingo, mientras Francisco, uno de sus hermanos, y Marcela departían en un pequeño establecimiento comercial, se desató la tragedia.

Francisco tomó un puñado de monedas de $ 200 y se acercó a la rocola; seleccionó un listado de por lo menos cinco canciones, todas de Diomedes Díaz, y empezó a cantar. Acompañado de los suyos, el hombre se sentía feliz, y esa sensación la reflejó tanto que provocó sospechas en Marcela, quien decidió asumir una actitud de desprecio ante cada acción de él.

La mujer se molestó a tal punto que provocó que Francisco y su hermano salieran a terminar a tomarse una cerveza a otra tienda. Pero hasta allí llegó la mujer, y gritándole frases cargadas de celos e insultos le lazó un botellazo en la cabeza, el cual le rozó la gorra que llevaba puesta.

Para evitar que el problema empeorara, Francisco decidió retornar hasta su vivienda, ubicada en la calle 89C con carrera 8 Este, hasta donde lo siguió Marcela y lo mató.

“Yo bajé hasta la casa de ellos porque vi que un hombre corrió en esa dirección. Cuando entré a la vivienda la vi a ella con un cuchillo de cocina en la mano y a mi hermano muerto en la sala. Ella únicamente se paseaba por el lado del cuerpo de Francisco y lo miraba sin decir una sola palabra”, es el recuerdo trágico que no abandona la cabeza de Antonio Guerrera, hermano del fallecido.

Antonio tomó un taxi, alzó a su hermano en brazos y lo llevó hasta el Cami de Santa Librada, a donde llegó sin signos vitales.

La letal puñalada cumplió con su propósito, y pasadas las 5 de la tarde Francisco partió de este mundo por cuenta del ataque de la iracunda mujer, que fue capturada y deberá responder por el delito.

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